jueves, 21 de octubre de 2021

Las causas de la disminución en 1790 de la acuñación de plata en la ceca de México

 Publicado en Oroinformación, 21 de octubre de 2021



En el Archivo General de Indias se conserva un escrito que contiene reflexiones sobre el motivo y las causas de la bajada en la labor y acuñación de moneda de plata durante el año 1790 en la Real Casa de Moneda de México, sin firmar ni datar. De su lectura se deduce que fue escrito en el mes de agosto, y que la previsión de la acuñación de ese año en curso rondaría los dieciséis o diecisiete millones de pesos, una cantidad algo menor que la de los años precedentes. Las razones aducidas apuntan a dos motivos principales: la remisión de barras de plata sin labrar a España y la inclemencia climática.

La primera de las causas alegadas es la remesa de un millón y medio de pesos en barras de plata que acababa de hacerse a España, en cumplimiento de las Reales Órdenes. En este sentido, no podemos olvidar que un año antes, en 1789, había estallado la Revolución Francesa, y la Monarquía se preparaba para un conflicto que se preveía inminente. Era importante asimismo la acuciante necesidad de metal argénteo para cubrir la grave crisis monetaria que se había producido tras la guerra con el Reino Unido y de apoyo a la Independencia de los Estados Unidos.

 Si bien en 1784 y en los años siguientes el caudal de moneda que había estado retenido en Ultramar durante los cuatro años de guerra, casi cuarenta millones de pesos de ocho reales, llegó a Cádiz, no es menos cierto que los empréstitos contraídos durante el conflicto, la creación de los Vales Reales y del Banco de San Carlos llevaron a que fuera también durante estos años, según Hamilton, cuando se produjo la mayor salida de plata hacia Europa. Este mismo autor afirmaba que la escasez de moneda de plata fue la tónica de estos años.

 Junto a esta razón, y posiblemente más importante por sus consecuencias en la producción de la plata, señalaba los años de sequía que se habían vivido en el Virreinato de Nueva España. Y, efectivamente, entre los años 1766 y los años noventa del siglo XVIII, un “meganiño” de gran duración e intensidad afectó al Caribe con virulencia, y por ende a todo el mundo atlántico. A los destrozos provocados por los frecuentes y devastadores huracanes en el área del Caribe, se sumaron las importantes sequías sufridas en Nueva España, no solamente por sus implicaciones para el propio territorio, sino por su carácter de granero tradicional de las grandes Antillas españolas.

 Según el autor, estos años habían sido tan escasos en agua en las Provincias Interiores, donde se concentraba la producción y el beneficio de la plata, que en muchas partes las presas y depósitos se habían secado. El agua era absolutamente imprescindible para hacer funcionar los ingenios, que aunque disponían de abundante mineral rico, debieron parar la producción por imposibilidad de molerlo y continuar las sucesivas labores por esta causa.

 Se recoge el caso del “opulento” Real de Minas de Guanajuato y algunos otros de los principales del reino, en el que había que ir a buscar el agua para beber muy lejos y donde el maíz, alimento básico para los mineros y trabajadores, alcanzó precios hasta entonces desconocidos. Igualmente, se habían secado los pastos y los ríos, hasta el extremo de no poder mantener al ganado durante el transporte. Todo ello, finalmente, había llevado a la suspensión de las actividades mineras.

 La situación había mejorado en el mes de mayo, cuando comenzó a llover abundantemente, reverdecieron los campos y se condujeron a la Real Casa de Moneda los metales que habían sido beneficiados durante el final del año anterior y principios de 1790. Con el régimen de lluvias normalizado, se habían vuelto a poner al corriente los trabajos de las minas y los ingenios de moler, fundir y beneficiar metales, pero todavía no se había recibido la producción en la ceca. Como nunca llueve a gusto de todos, el crecimiento de los ríos imposibilitaba el tránsito de los caminos.

 El análisis concluye con una visión optimista de la producción en el año siguiente, cuando se conocerían en la Real Casa de la Moneda los efectos de la fertilidad de los campos, el buen estado de las minas del reino, la regular provisión de azogue, la abundancia y buen precio de los granos y el suministro de agua de las presas y aguaces. Por todo ello se estimaba que la producción de plata y su amonedación podrían ser de las más cuantiosas que en Nueva España se hubiesen visto.

 Fuente:

 Acuñación de moneda en la Real Casa de México – Archivo General de Indias, ESTADO, 40, N.75. 

martes, 12 de octubre de 2021

La representación pictográfica de la moneda española de cuenta en los Códices mexicas

 Publicado en Crónica Numismática, 12 de octubre de 2021



Los Códices mexicas conservados provienen de copias que se realizaron en papel a comienzos de la época virreinal, y son actualmente la principal fuente primaria a disposición de los investigadores sobre la cultura azteca. Los mismos, con escritura pictográfica mediante signos icónicos y realizados por los tlacuilos o escribas mexicas, muestran la vida religiosa, social y económica de esta civilización. Junto a aquellos que son copias de documentos prehispánicos perdidos, se produjeron durante el siglo XVI numerosos documentos de profunda simbiosis cultural que contienen esta escritura pictórica, náhuatl clásico, español e incluso latín, que narran asimismo los hechos contemporáneos a la llegada de los españoles y a su establecimiento. Es en esta época en la que encontramos en muchos de estos Códices y documentos las representaciones de la moneda de cuenta y la efectivamente acuñada en la ceca de México, así como su registro y contabilización.

 La escritura azteca era por tanto figurativa, y sus caracteres eran dibujos realistas que reproducían seres vivos u objetos de todo tipo, y si bien algunos de ellos representaban visualmente el objeto que representaban, otros servían para reproducir sonidos de la lengua náhuatl. Un ejemplo de ello es el de la ciudad de Itztlán, representado por una lámina de obsidiana o Itztli y un diente, tlán, combinando ambos pictogramas. En cuanto a la numeración, muy importante para interpretar aquellos Códices en los que se reproducen monedas, era de base vigesimal y sólo poseía cuatro cifras. La unidad se reproduce con un punto o un redondel, la veintena con una especie de hacha a izquierda, el número 400 o 202 con una pluma y el 8.000 o 203 con un saco lleno de grano. En los inventarios se reproduce cada cifra cuantas veces sea necesario junto a los pictogramas adecuados.

 El primer pictograma que apareció referente a la nueva moneda introducida por los españoles es el de tomín, normalmente representado por una cruz griega patada, equivaliendo ocho de ellos a un peso de Tepuzque. Este pictograma se encuentra, por ejemplo, en el Códice Contribuciones o Tributos de Tlaxinican, Tlayotlacan, Tecpanpa, Tenanco, Quecholac, Ayocalco y San Niculas, actualmente conservado en la Biblioteca Nacional de Paris. En todas ellas aparece el nombre de la población en caracteres latinos sobre el glifo que de la misma (como Tlaxincan, un hacha), y junto a ellas la representación de las monedas correspondientes. En el resumen final del documento el total de las mismas es de 318 monedas, representadas por quince monedas con el glifo pantli, el correspondiente a 20, y dieciocho monedas sueltas.

 La estimación en tomines para el pago de impuestos se utilizó asimismo para la valoración de las monedas de la tierra, de origen prehispánico y de uso perfectamente legal, dado que los indios podían gobernarse por sus propias leyes, usos y costumbres siempre que ello no fuese contrario a la religión católica. Entre ellas encontramos las almendras de cacao, las mantas u otros productos naturales. Este es el caso del Códice Rol de impuestos de Tlatengo, también actualmente en la Biblioteca Nacional de París, compuesto de glifos de productos naturales pagados como tributo en especie, entre los que se encuentran vigas de madera, tule, ocote, camotes y sal.

 En el detalle que mostramos se representa a la izquierda una cabeza con una llave, posiblemente representando al encargado de la recolección de los impuestos. En la primera línea se representan cargas de vigas de madera, ocotes y medidas de granos, y en la segunda balanzas llenas de tomines y seis tomines y medio, con un grifo distinto del anteriormente visto, circular. En la tercera línea se pueden observar tres semillas de cacao con el glifo centzontli , correspondiente a 400, o 1.200 granos, tres tejuelos de oro con el mismo glifo y cantidad y siete tecomates con el glifo pantli.

Los pesos de Tepuzque, con un valor variable según su peso y ley, eran discos de oro con aleación de cobre, y el 15 de junio de 1536 el virrey Mendoza fijó su paridad con la moneda de cuenta en 272 maravedíes, lo que suponía una ley de 13,6 quilates. Con ello el tomín de oro equivalía al real de plata castellano, con un valor de 34 maravedíes, y el peso de Tepuzque a ocho reales, siendo por tanto la primera moneda de cuenta específicamente indiana, con el mismo valor de los posteriormente míticos pesos de plata. 

Por Real Cédula de 11 de mayo de 1535 se ordenó la erección de la Casa de Moneda de México. La misma se construyó e instaló por cuenta del Estado, si bien por la falta de técnicos y funcionarios se recurrió al régimen de delegación de servicios públicos. Según se recoge en los Cedularios de Vasco de Puga y Encinas, se ordenaba la emisión de moneda de cobre y vellón, la mitad de ella en reales sencillos y la cuarta parte en reales de a dos y a tres. 

En cobre se acuñó moneda de cuatro y dos maravedíes, actualmente muy escasas. En su anverso llevaban una K coronada con granada debajo, un león a la derecha y un castillo a la izquierda y la marca de ceca Mo, todo ello dentro de una orla circular, y la leyenda CAROLVS ET IOHANA REGES. En su reverso se recoge una letra I coronada, con la misma disposición del león y el castillo, el numeral 4, igualmente dentro de orla circular y la leyenda HISPANIARVM ET INDIARVM. 

Esta moneda aparece en ocasiones representada en los documentos por su numeral, el 4, que también aparece en las emisiones de cuatro reales, como por ejemplo en el Códice Aubin de la Biblioteca Nacional de París para el caso de los cuatro maravedíes o en el documento Pinturas realizadas por indios de Tenayuca representando los malos tratos hechos por el corregidor Francisco Rodríguez Magariño, conservado en el Archivo General de Indias. Dado que el de corregidor era un alto cargo administrativo, los indios debieron acudir a la Audiencia de México y al Rey. Ya tardío, fechado hacia 1567, este documento es prueba tanto de la importante función de los escribanos públicos como de la vigencia del uso de la escritura pictográfica mexica muchos años después de la llegada de los españoles. 

Los cuños utilizados para las emisiones en plata debían tener la forma del escudo de castillos y leones cuartelado con una granada en una de las caras y en la otra las dos columnas coronadas y la divisa del Emperador, PLVS VLTRA,  los medios reales una K y una I en el anverso y el mismo reverso, y los cuartillos una R en una cara y una I en la otra. La leyenda común a todas las emisiones debía ser CAROLVS ET IOANNA REGES  en anverso e HISPANIARUM ET INDIARVM en reverso, y la marca de ceca Mo, que se conservará en toda la vida de la Casa de Moneda. 

Los reales sencillos y los dobles llevan entre las columnas grabado el valor en círculos, lo que también se recoge en los Códices y documentos de la época, que representan la moneda como un círculo en cuyo interior se incluyen un punto o dos. Como recoge Emmanuel Márquez, la introducción de los distintos tipos de monedas viene igualmente documentada en estos escritos, y sirve para corroborar y complementar la documentación oficial hispana. 

Podemos terminar este sucinto estudio sobre estas representaciones de moneda española realizada por artistas indios, trasplantada y asimilada a su propia cultura, con una inequívoca representación de las Columnas de Hércules, el escudo de Carlos I de España y V de Alemania que acabará convirtiéndose en el blasón propio de los Reinos de las Indias. Está contenida en el Códice de la historia mexicana desde 1221 hasta 1594, manuscrito en náhuatl, una copia realizada en el siglo XVIII de un original no conservado, que recoge la historia de la Nueva España entre 1221 y 1594. 

Para saber más 

BATALLA ROSADO, J.J., “El libro indígena del Códice Cuevas: Análisis codicológico, artístico y de contenido”, Anales del Museo de América, 14, 2006, pp. 105-144.

IFRAH, G., Las Cifras. Historia de una gran invención, Madrid, 1987.

MÁRQUEZ LORENZO, E., “Las primeras acuñaciones de la Nueva España a través del análisis de Códices”, Revista Numismática Hécate, nº6, 2019, pp. 164-176.

ROJAS, J.L. de, “La moneda indígena en México”,  Revista Española de Antropología Americana, nº XVII, 1987, pp. 75-88.

VÁZQUEZ PANDO, F.A., “Algunas observaciones sobre el derecho monetario de la Nueva España”, Memoria del X Congreso del Instituto Internacional de Historia del Derecho Indiano, 1995, pp. 1675-1706.

 Fuentes documentales

 https://www.wdl.org/es/item/15279/

https://www.amoxcalli.org.mx/codices.php

 Pinturas realizadas por indios de Tenayuca representando los malos tratos hechos por el corregidor Francisco Rodríguez Magariño, Archivo General de Indias, MP-MEXICO, 9.

 Recopilación de las Leyes de las Indias. Libro IV. Título XXIII. Ley I. Que en México, Santa Fe, y Villa de Potosí haya Casas de Moneda.

 Recopilación de las leyes de las Indias. Libro IV. Título XXIV. Ley IIII. Que los reales de plata valgan en las Indias à treinta y quatro maravedis. Carlos I. Valladolid, 8 de febrero de 1538.


martes, 5 de octubre de 2021

La solicitud de la superintendencia de la Casa de Moneda de Lima de 1818 del último Virrey del Perú

 Publicado en Crónica Numismática, 5 de octubre de 2021

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La vida de Juan Pío de Tristán y Moscoso, nacido en Arequipa el 11 de julio de 1773 y muerto en Lima el 24 de agosto de 1859, es un claro ejemplo de la ambivalencia que en las guerras de independencia mostraron las clases aristocráticas del Perú. Era hijo del Mayor General José Joaquín Tristán y Carassa, Regidor Perpetuo del Cabildo de Arequipa y su alcalde en 1768, y de María Mercedes Moscoso y Pérez, pertenecientes a la nobleza criolla. Tuvo entre sus hermanos a  Mariano Tristán y Moscoso, Caballero de Santiago, Coronel de Dragones Provinciales de Arequipa, amigo de Simón Bolívar, muerto en París en 1807, padre de la famosa escritora y pionera feminista Flora Tristán y abuela del pintor Paul Gauguin.

 También era hermano de Domingo Tristán y Moscoso, Caballero de Montesa, que como los demás hermanos pasaron en España su juventud, sirviendo como guardiamarina. Formó parte del ejército del Alto Perú junto a su primo doble, José Manuel de Goyeneche, Conde de Guaqui, y fue elegido diputado a las Cortes de Cádiz en 1813. En 1821 desertó a las filas de San Martín, quedando al mando de una división que un año más tarde fue deshecha en la batalla de Ica. Como prefecto de Ayacucho, comandó en 1827 la represión del levantamiento realista de Iquicha, y participó en la Guerra Civil de 1834 en el bando del presidente Luis José de Orbegoso. Otro hermano, Juan Antonio, se trasladó a España y siguió la carrera militar, no volviendo al Perú.

 Pío Tristán finalmente no consiguió el destino de Superintendente de la Real Casa de Moneda, solicitado en agosto de 1818. Fiel a la Monarquía hasta la capitulación posterior a la Batalla de Ayacucho, fue finalmente nombrado interinamente Virrey del Perú el 16 de diciembre de 1824, siendo por tanto el último que ostentó este título. El 24 de diciembre de 1824, ya jurado su cargo de Virrey, escribió a Simón Bolívar, amigo de juventud de su hermano, afirmando que:

… si mi deber me comprometió por algún tiempo en detener la revolución que creí tan prematura como ominosa a este país, mi sensibilidad ha tenido en vista las calamidades de una guerra fratricida, el buen sentido, la humanidad y aun la justicia misma reclaman la terminación de una lucha que continuada consumaría de un modo espantoso la desolación de un país tan privilegiado”.

A diferencia de algunos de sus parientes, optó por permanecer en el Perú, donde participó en la creación de la Confederación Peruano-Boliviana, con rango de General de Brigada, fue su Ministro de Estado y presidió el Estado Sud-Peruano entre el 12 de octubre de 1838 al 23 de febrero de 1839. Una de sus hijas, Victoria,  fue esposa del General José Rufino Pompeyo Echenique y Benavente, Presidente de la República del Perú entre el 21 de abril de 1851 y el 5 de enero de 1855 con la ayuda de su suegro y pariente.

 Su caso no es excepcional en el comportamiento de las clases privilegiadas de su Perú natal durante el conflicto. La MarGamarra, Torre TagleOrbegoso o Riva-Agüero fueron fieles militares y burócratas de alto rango al servicio del Rey Fernando VII, por solamente nombrar a algunos de los que llegaron a ostentar posteriormente la Presidencia de esta República. Siendo el menor entre sus hermanos de los que permanecieron en América, asumió el control de las empresas familiares, entre las que se encontraban propiedades agrícolas y minas de oro y plata, que habría perdido de no aceptar la naciente república. Su patrimonio se acrecentó al casarse con su sobrina Joaquina, hija de su hermana Petronila.

El expediente de su solicitud de la Superintendencia de la Casa de Moneda de Lima

En este expediente, conservado en el Archivo General de Indias, Joaquín de la Pezuela, Virrey del Perú, remitió al Secretario de Estado del Despacho de Hacienda en Madrid la solicitud del entonces Presidente Interino del Cuzco, el  Brigadier don Pío de Tristán, de ocupar el cargo por fallecimiento de su anterior titular. Como es habitual, comienza con la recomendación del virrey, que destaca su papel en las diferentes campañas llevadas a cabo por Tristán en las rebeliones de la Paz y contra los insurgentes del Río de la Plata, y la contribución realizada con reclutas y dinero al Ejército del Alto Perú. 

Se incluye a continuación la Instancia, escrita de puño y letra por el propio Pío Tristán, en la que enumera sus méritos. Curiosamente, esta solicitud no es tan extensa como las que se solían presentar, en las que constaban varias recomendaciones de jefes superiores y las hojas de servicios de los pretendientes, pero puede utilizarse perfectamente para al hilo de su narración ilustrar los principales sucesos referidos con las monedas y medallas que se fueron emitiendo durante las guerras mantenidas en el Alto y Bajo Perú, así como en las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Comienza el mismo con una descripción de sus servicios prestados en España:  “Don Pío de Tristán y Moscoso, Brigadier de vuestros Reales Ejércitos y  Presidente de vuestra Real Audiencia del Cuzco en el Virreinato del Perú, a los Reales Pies de V.M. parezco y digo: Que destinado desde mi infancia a servir a V.M. en la gloriosa carrera de vuestras Armas, me incorporé en 1790 en vuestras Reales Guardias Valonas en clase de Cadete, habiendo llegado hasta el empleo de primer teniente de ellas, cuya gracia me confirió V.M. en 1802, y bajo cuyas banderas defendí vuestros sagrados derechos en la guerra contra la Francia en los años de 1792 y siguientes, manteniéndome en campaña todo el tiempo que duró aquella, en vuestros Ejércitos de Cataluña y Navarra, y por consiguiente en las diferentes Batallas y acciones particulares que ocurrieron en la misma”. 

Enrolado según algunos autores en el Regimiento de Soria, la unidad militar en activo más antigua del mundo, en el que prestó también sus servicios Gabino Gaínza, pasó a España con el grado de subteniente. Estudió Derecho en Salamanca, donde coincidió con Manuel Belgrano, a quien posteriormente se enfrentaría, si bien en la correspondencia que cruzaron siempre se trataron con franca cordialidad. Su hermano Mariano, que residía en España, le envió a estudiar a Francia, de donde volvió a España tras el estallido de la Revolución. Tras participar en la Guerra del Rosellón, como él mismo afirma y donde pudo coincidir entre otros con José de San Martín y José de La Mar, fue destinado como ayudante de Pedro de Melo de Portugal y Villenavirrey del Río de la Plata,  permaneciendo dos años en Buenos Aires. De todos estos datos, recogidos por los cronistas e historiadores, no hace ninguna mención en esta Instancia. 

A partir de este momento volvió a su tierra natal, lo que relata de la siguiente manera: “Retirado con vuestro Real Permiso a la Ciudad de Arequipa, mi Patria, desempeñé todos los cargos concejiles a que se hace acreedor un ciudadano que con su comportamiento contiene el honor de su cuna, y ocupando el de Alcalde Ordinario de primer voto de dicha Capital, tuve la gloria de ser uno de los individuos que juró la exaltación de V.M. al trono, y de hacer el donativo voluntario de ochocientos pesos en Reales Arcas para el sostén de la guerra declarada a los franceses. 

Suscitados los primeros movimientos de insurrección en la Provincia de la Paz, Virreinato de Buenos Aires, fui nombrado Mayor General del Ejército que, a las órdenes de vuestro General Conde de Guaqui, pacificó aquella Provincia en el año de 1809, en cuya Expedición. Que duró cerca de ocho meses, cedí mis sueldos, y toda gratificación a beneficio de vuestra Real Hacienda. 

Sucesivamente por las alteraciones de la Capital de Buenos Aires, acaecidas en el siguiente año de 1810, fui reelecto Mayor General para el Ejército que se organizó en el Desaguadero a las órdenes del mismo Conde de Guaqui, cooperando con mis desvelos a su instrucción, y concurriendo a las batallas memorables de Guaqui, y a la de Amiraya en la Provincia de Cochabamba. 

Habiéndoseme concedido después de estas, el mando en Jefe de Vanguardia, penetré con ella en la Provincia de Tucumán, y en su capital y Río de las Piedras, mandé las sangrientas acciones de 12 y 24 de septiembre, y retirándome a Salta de un modo que si fue glorioso a vuestras Armas, fue bien penoso por la falta de víveres, municiones, obstrucción de caminos y de todo recurso en la distancia de noventa leguas, sostuve en dicha Capital una de las más tenaces y horrorosas acciones que ha visto el Perú, el 20 de febrero del siguiente año de 1813, de cuyas desgraciadas resultas me retiré a mi domicilio en Arequipa. 

Tras la batalla de Salta, el 20 de febrero de 1813, el Ejército Auxiliar y Combinado del Perú de las Provincias Unidas del Rio de la Plata, en nombre de los derechos de Fernando VII, ocupó Potosí, donde, siguiendo instrucciones de la Asamblea Constituyente de Buenos Aires de fecha 13 de abril de este año, se acuñaron monedas con nuevas leyendas e iconografía de la misma ley y peso que la moneda de cuño español. Tras las batallas de Vilcapugio y Ayohúma, el ejército se retiró el 18 de noviembre con todo el dinero sellado y sin sellar que se encontraba en la Villa, ordenando Belgrano la voladura de la Casa de Moneda, lo que finalmente no se produjo por la defección de un oficial llamado Anglada, que cortó la mecha. 

Sublevada la Provincia del Cuzco, y atacada aquella por los caudillos Pumacahua y Angulo, fui uno de los Jefes que procure con el mayor empeño la organización de su defensa, y me presenté al muy desigual y desgraciado combate de 10 de noviembre de 1814; y restaurada en ella la dominación de V.M. en 2 de diciembre inmediato, fui nombrado por vuestro General don Juan Ramírez, y confirmado por vuestro Virrey del Perú Marqués de la Concordia, Gobernador intendente y Comandante General de dicha Provincia de Arequipa, cuyo cargo desempeñé con esmero un año y nueve meses, erogando nuevamente un empréstito de quinientos pesos, hasta que vuestro actual Virrey del Perú me confirió en 19 de julio de 1816 el destino que ejerzo, en el cual, y los demás, creo haber llenado mis deberes, y la confianza de los Jefes,  sin que pueda ocultarse lo difícil de estos empleos en unos tiempos los más calamitosos. 

Nueve años, Señor, de penalidades y fatigas sin interrupción, en comisiones las más delicadas y expuestas, han debilitado mi salud; y por toda recompensaPido y suplico, que si le fuesen agradables mis Servicios con la exposición de verdad que sellará con su Informe el digno Superior Jefe de este Reino, y por cuyo conducto dirijo la presente solicitud, se digne vuestra Real Munificencia conferirme la Superintendencia de vuestra Real Casa de Moneda de la Capital de Lima, vacante hoy por muerte del que la obtenía: gracia que espero alcanzar de la Piedad de V.M”, concluye su instancia Pío Tristán. 

Bibliografía

 Carta nº 286 del virrey Joaquín de la Pezuela, a Martín de Garay Perales, secretario de Hacienda – Archivo General de Indias, Lima, 759, nº 16.

 BRYCE DE TURBINO, M., “Juan Pío de Tristán y Moscoso, un moderno político en la emancipación del Perú”, Genealogía, heráldica y documentación, UNAM, 2014, pp. 219-282.

DARGENT CHAMOT, E., “La Casa de Moneda de Potosí”, en ANES Y ÁLVAREZ DE CASTRILLÓN, G., y CÉSPEDES DEL CASTILLO, G., Las Casas de Moneda en los Reinos de Indias. Vol. II. Cecas de fundación temprana, Madrid, 1997.

FUENTE CANDAMO, J.A., Sobre el Perú: Homenaje a José Agustín de la Puente Candamo, T.II, Lima, 2002.

LOHMANN VILLENA, G., Los Americanos en las órdenes nobiliarias,  CSIC, 1993.

RIVERO LAVAYÉN, R., “Los Moscoso. Su descendencia en Perú y Bolivia”, Genealogías Bolivianas,  Austin, Texas, 2012.