miércoles, 2 de marzo de 2016

La revuelta de los monederos

Publicado 2 de marzo de 2016
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Durante el gobierno del emperador Aureliano se intentó poner en marcha una reforma del depauperado numerario circulante romano, que podría haberse debido en buena medida, según Guadán, a la conocida como guerra o revuelta de los monederos, Bellum Monetariorum, uno de los episodios más sórdidos de la historia de Roma  y que ha pasado a la historia como el único conflicto provocado por los trabajadores de una ceca, y que fue sofocado con gran brutalidad.

Lucio Domicio Aureliano, el segundo de los conocidos como soldados-emperadores, fue proclamado emperador por las legiones de Dacia que comandaba tras la muerte del emperador Claudio II en el año 270 de nuestra era, una época en la que el Imperio atravesaba graves problemas políticos, sociales, fiscales y monetarios. Vigoroso y disciplinado, llevó a cabo una serie de medidas que ayudaron al Imperio Romano a recuperar su prestigio perdido.
Para llevar a cabo sus reformas se exigía una alta fiscalidad, que cargó sobre las clases pudientes. Asimismo, era necesaria para estabilizar la situación económica una reforma monetaria para hacer frente a los gastos de todas las medidas tomadas, y que fue predecesora de la posteriormente realizada por Diocleciano. La degradación del antoniniano, que había perdido su valor real de cambio, dos denarios, por la notoria falta de ley en sus acuñaciones, y se había convertido en una moneda fiduciaria, impedía el necesario aumento de la presión fiscal y la recaudación de los tributos.
En tiempos de Caracalla, el antoniniano tenía en su liga un 50% de plata, pero en estos momentos la misma se había reducido a un 5 o incluso a un 3%. La causa principal de su degradación habían sido las continuas emisiones llevadas a cabo para el pago de las soldadas de las legiones en una interminable serie de conflictos civiles y guerras contra los bárbaros. Dado que el patrón oro, basado en el áureo, se había mantenido, la proporción entre el antoniniano y esta moneda había pasado de 1 a 25 a alrededor de 1 a seiscientos antoninianos por áureo.
La moneda de plata, el denario, y las denominaciones menores en bronce se habían dejado prácticamente de acuñar, dado que la inflación las había convertido en inservibles. Incluso el propio arte monetario había sufrido con esta situación, y los bustos de los emperadores grabados en los antoninianos son, en palabras de Webb, feos hasta parecer casi grotescos.
Este fraude a gran escala se había practicado en la ceca capitalina romana. El análisis comparativo de estas emisiones con las de otras cecas del Imperio muestra un contenido de plata netamente inferior, que en ocasiones, como ponen de manifiesto los estudios de Homo, sólo llegaba al 54% del contenido en plata de otras cecas como Tarraco, Antioquía o Siscia. El contenido sustraído era reemplazado por plomo, cinc, estaño e incluso por hierro. Fue común, igualmente, el cercenado de los bordes de la moneda, operación que se ha comprobado se llevó a cabo a gran escala en la ceca de Roma en esta época.
Esta revuelta de los monetarios, según la mayor parte de los autores romanos, se habría producido intramuros de Roma, aunque Juan de Antioquía, un historiador griego posterior, la situó en Antioquía, a raíz de la toma de la ciudad por las huestes de Aureliano en el año 272. En cuanto a la fecha en la que se produjo, hay igualmente en la historiografía un debate abierto, dado que si tradicionalmente se ha afirmado que la misma se produjo en el 274, otros autores posteriores proponen que la misma habría de ubicarse unos años antes, en la primera mitad del año 271. La batalla final se produjo en la Colina de Celio, Collis Caelius, una de las siete colinas de Roma.
De los participantes en la misma, sólo se conoce el nombre de Felicísimo, que al parecer era un contador o rationalis de la ceca, y que según MacMillan probablemente fuese el Procurator Summarum Rationum, el oficial de mayor rango en la ceca en ese momento, y que estuviese involucrado en el fraude a gran escala que se estaba produciendo. Es evidente, según las fuentes conservadas, que fue muerto al comienzo del levantamiento, o bien por los propios trabajadores sublevados o bien por los legionarios que fueron enviados para reprimirlo.
En cuanto al número de personas que participaron en dicha sublevación, es improbable, debido al número de bajas que causaron a las legiones que se enviaron a combatirles, que fuesen únicamente los monetarios de la ceca, cuyo número por esas fechas debía rondar los doscientos. Hay algunos autores que defienden que este levantamiento fue aprovechado por la clase senatorial disidente con el nuevo emperador, en parte debido a razones monetarias, dado que, entre otras medidas, Aureliano había despojado al Senado de su derecho a acuñar moneda de bronce.
Otra posibilidad apuntada por la historiografía es que en la misma se sumasen amplios sectores de la población de Roma. Esta teoría se basaría en la caótica situación económica y a la falta de alimentos, así como el miedo a los bárbaros germanos que habían penetrado hasta el centro de la península itálica. En todo caso, su número debió de ser muy elevado, al contabilizarse 7.000 muertos entre las tropas que se usaron para reprimirla a sangre y fuego. Entre estas bajas, la Historia Augusta cita a marineros y guardias de costa, legionarios y dacios. Otros autores, sin embargo, consideran que este número se refiere a los muertos entre los sublevados o, incluso, en ambos bandos.
Generalmente se acepta que Aureliano cerró la ceca de Roma tras la revuelta, aunque Homo considera que este cierre, debido al descubrimiento del fraude a gran escala, pudo ser el desencadenante de la misma y la pérdida de sus empleos un acicate para la resistencia a ultranza de sus trabajadores, en un enfrentamiento que, según Watson, vio algunas de las más terribles escenas de violencia que Roma había presenciado desde las últimas décadas de la República. Tras conseguir sofocarla hubo numerosas ejecuciones sumarias de muchos sospechosos de haber estado implicados
En cuanto al cierre en sí, pudo deberse a que el número de operarios había quedado diezmado, como castigo a su modo de actuar o por haberse dañado o incluso destruido sus instalaciones durante la revuelta. La más plausible para MacMillan es la segunda, ya que se sabe que algunos de los sublevados fueron perdonados y participaron en las campañas del emperador en Oriente, y asimismo la ceca volvió a emitir numerario, probablemente a finales de 1724, los nuevos antoninianos con un 5% de plata en su liga y el enigmático uso de los numerales XX y XX.I que cita Guadán, así como denarios y divisores de bronce. Según Sayas, esa nueva marca se correspondería a la confirmación de que veinte de estas monedas tenían la misma cantidad de plata que un denario.
Aureliano reorganizó asimismo la estructura burocrática del sistema monetario, aboliendo la figura que había disfrutado Felicísimo y fundando una oficina conocida como agens vice rationalis. Ello puede deberse a la concentración de la autoridad de las casas de moneda en manos del emperador, dado que, igualmente, se suprimieron los tresviri monetales senatoriales, y el mismo senado perdió su prerrogativa de batir moneda de bronce, por lo que las emisiones de su gobierno carecen de la S.C., Senatus consultum.  
Con la reforma de Aureliano, que se produjo según Sayas en otoño de 274, el nuevo antoniniano fue algo más pesado, entre 3,77 y 3,91 gramos, un poco más grande, 23-22 mm., y con un 5% más de plata. Se creó un nuevo divisor de bronce, moneda muy escasa, con su cabeza laureada representada, se abrieron tres nuevas cecas, se traslado la de Mediolanum a Ticinium y se comenzaron a utilizar marcas diferenciadoras para cada una de las cecas. 
Esta nueva moneda no llegó a circular uniformemente por todo el Imperio ni a sustituir al anterior numerario, como hemos visto muy envilecido, y asimismo, las nuevas necesidades económicas fueron haciendo que se llevasen a cabo nuevas acuñaciones en las que las monedas fueron perdiendo ley y peso.


BIBLIOGRAFÍA

Guadán, A. M. de, “Algunas consideraciones sobre la reforma monetario de Aureliano”, Anejos de Gerión, I, 1998, U.C.M., pp. 307-323.
Homo, L., Essai sur le Règne de l’Empereur Aurélien (270-275). Paris: Thorin et Fils,1904.
MacMillan, C.P., “Aurelian’s Bellum Monetariorum: An Examination”, Past Imperfect, 12, 2006, 21 pp.
Pérez Rodríguez-Aragón, F., « La circulación del dinero en época romana en el territorio vallisoletano”, « La circulación del dinero en época romana en el territorio vallisoletano”,  Numismática Romana e Valladolid, arqueología, libros y antiguo coleccionismo, Museo de Valladolid.
Roldán Hervás, J.M., Historia de Roma, U.S., Salamanca, 1995
Sayas Abengoechea, J.J. y Abad Varela, M., Historia Antigua de la Península Ibérica II: Época tardoimperial y visigoda, UNED, 2013.
Watson, A. Aurelian and the Third Century. London: Routledge, 1999.
Webb, P.H. The Roman Imperial Coinage Volume 5, Part I. Eds. H. Mattingly and E.A. Sydenham, London, Spink and Son, 1962.


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