lunes, 6 de julio de 2020

Los funcionarios reales y comerciantes en la minería de la América Española


Publicado en OroInformación, 6 de julio de 2020

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Los funcionarios reales desempeñaron, sin lugar a dudas, una importante labor en las actividades mineras de la América española, lo que contrasta con la inactividad que se observa para ellos en otras actividades realizadas en los Reinos de las Indias. Ello se debió principalmente a que la minería fuese la principal actividad económica del territorio, lo que conllevaba que la recaudación de los impuestos se realizaba in situ. Además, al ser la Corona la propietaria de las minas, aunque las mismas estuviesen cedidas a los particulares, cobraba por ello el quinto real, principal medio de financiación de la Real Hacienda en las Indias, a lo que se sumaban los ingresos procedentes de otras actividades conexas, como los derechos de acuñación de moneda y los de la venta de mercurio.
Desde 1723 se cobró únicamente el diezmo de lo extraído, ya fuese oro o plata, en una medida tendente a fomentar la explotación de las minas rebajando los tributos que dio como resultado un incremento en los ingresos de la Real Hacienda. Esta medida ya se había tomado en 1548 para los mineros, si bien el que no lo fuese debía seguir satisfaciendo el quinto real. A partir de 1776 se conservó el 10% de la plata, pero se rebajó a un 3% los derechos a satisfacer por el oro, si bien se conservó el nombre de quinto. 
El Alcalde Mayor de minas era un cargo proveído por los virreyes y presidentes de las audiencias, y las  leyes dictadas para su provisión desde la época de Felipe III incidían especialmente en que tuviesen las cualidades necesarias para llevar a cabo su actividad. Su salario, así como el de los Veedores desde época de Felipe II, provenía de los aprovechamientos de las propias minas por ellos administradas,  no de cualquier otro tipo de ingreso de la Real Hacienda.
Toda vez que el oficio consistía en administrar los yacimientos mineros, se les prohibía que contratasen con los mineros o con cualquier otra persona, por sí o por medio de intermediario. Esta prohibición alcanzaba al rescate y compra de metales, preciosos o no. El incumplimiento de estos preceptos llevaba aparejado la pérdida del oficio y el pago del cuádruplo del valor de lo contratado, y para los mineros el destierro, al arbitrio del juez competente. 
Tanto los Alcaldes Mayores como los demás altos funcionarios de las minas, como el Juez y el Escribano, tenían incompatibilidad para ser titulares de una compañía con los dueños de las minas, y no podían  durante su mandato hacer diligencias para descubrirlas, ni por ellos mismos ni por medio de intermediario. En caso contrario, se les imponía la pena de pérdida del oficio y una multa pecuniaria de mil pesos de oro a favor de la Real Hacienda.
En cuanto a los Escribanos de minas y sus Registros, estaban sujetos al examen de las Audiencias de los distritos donde estuviesen ubicados. Estos Escribanos Reales debían asistir necesariamente a las almonedas, quintos y  fundiciones de metales preciosos, sin poder delegar su asistencia en un Teniente, salvo en el caso de enfermedad o causa justificada, bajo apercibimiento de pérdida del oficio.
Las Instrucciones relativas a los Escribanos Mayores de Minas fueron dictadas en tiempos de Carlos I y Felipe II, permaneciendo vigentes en toda la época de los Austrias. Los Escribanos Mayores de Minas, Registros y Hacienda Real debían recibir por parte de los Oficiales Reales relación de todas las haciendas, casas, ganados, rentas y demás propiedades reales que hubiese en la provincia o territorio, para que conociesen el importe del principal, réditos y aumentos de la Real Hacienda. Asimismo, debían estar informados de los salarios, mercedes y situaciones consignados en las Cajas Reales por las nóminas de las libranzas de los Contadores.
Debían tener un Libro Registro de aquellas personas con licencia para obtener los metales, donde se consignaba su juramento y el día, mes y año en que eran concedidas. Su residencia estaba fijada en las fundiciones y refundiciones, donde llevaban el control de las licencias antes vistas  y de las cantidades de metal llevadas a fundir, en un Libro Registro, donde anotaban el nombre de los que traían metales a fundir, la parte satisfecha a la Real Hacienda y su entrega al Tesorero.
Se señalaban días de la semana para quintar los metales y las piedras preciosas, que debían ser comunicados al Escribano para que estuviese presente. Si por alguna razón se tuviese que quintar en otro día no señalado previamente, había de avisarse igualmente al Escribano, que había de registrarlo en su Libro, y el registro debía ser firmado por él mismo y por el Tesorero. Asimismo, debía de estar presente y registrar los pagos por cuenta de la Real Hacienda, y los cobros de los almojarifazgos.
El Escribano venía obligado igualmente a tener libro de cargo del Tesorero. Los libramientos que realizase para el Tesorero para el pago por parte de la Real Hacienda debían ir sobrescritos por el mismo Tesorero receptor, dando fe de que se había relacionado en sus libros. En el caso de que esto no se produjese, no se podía proceder a realizar ningún pago. Los Contadores y demás oficiales tampoco podían realizar cargos sin que el Escribano estuviese presente y tomase relación en su libro, donde firmaban las personas que lo recibían.
Asimismo, el Escribano Mayor era el encargado de llevar la cuenta y razón de los metales, perlas y piedras preciosas que entrasen o saliesen de la Real Hacienda. Venía obligado a remitir a la Corona y al virrey o la Audiencia correspondiente relación de sus actividades, para que se proveyera y remediara lo que conviniese, bajo apercibimiento de que su incumplimiento estaba penalizado con una multa de cien pesos de oro, a beneficio del Fisco.
Las actividades mineras favorecieron el desarrollo de actividades financieras y bancarias. Los aviadores abastecían a los mineros de aperos, víveres y ganado a cambio de piñas de plata, en muchas ocasiones con un margen de beneficio muy alto. También apareció la figura del afinador de plata, que compraba a los mineros sus piñas para a su costa convertirlas en barras afinadas. Y, como sucedió en la Península, también aparecieron los mercaderes de la plata, que se especializaron en la compra del metal a los mineros, aviadores y afinadores y su conversión en moneda en las cecas, pagando a sus proveedores en moneda.
Según Elhúyar, los mercaderes de la plata compraban a los mineros sus metales con un descuento que usualmente era de un real o ¾ en cada marco de plata y 3 pesos y un real en el oro, sin consideración a su ley. Para Donoso, la razón de la existencia de los compradores de oro y plata radicaba en la necesidad de beneficiar los metales para que tuviesen la ley requerida para su amonedación, dado que en el siglo XVI esta labor no se llevaba a cabo en las Casas de Moneda. Murray afirma que  la venta de la plata del rey a los mercaderes se convirtió en una práctica habitual en el reinado de Felipe II, dado que así el rey podía disponer de moneda rápidamente, y se dieron órdenes para que esta plata se labrase en moneda de a ocho y cuatro reales, mientras que la de los particulares se hiciese en moneda menuda.
Con el fin de asegurarse el suministro, los mercaderes de la plata celebraban con los mineros y los refinadores contratos para la compra en exclusiva o contratas de comisión, y en ocasiones contratas de depósito, por las que el mercader entregaba en efectivo la moneda que necesitase para sus negocios cuando la necesitase y recibía a cambio el metal que refinaba o extraía.
Los mercaderes de metales preciosos llegaron a unirse en ocasiones para formar compañías, y en Nueva España llegaron a aceptar préstamos a plazo fijo a cambio de un interés de un 5%. Ello llevó a que su financiación fuese mucho mayor y un mayor volumen de operaciones, que llevó a que los fundidores y aviadores más modestos se convirtiesen en su agentes o empleados.
Estos mercaderes se dedicaron simultáneamente a otras actividades financieras, dado que el beneficio obtenido por marco de plata era reducido, cuatro maravedíes en el caso de que la ley marcada en las barras fuese real y se comprasen a buen precio. Dichas actividades eran las de banquero, exportador y cambistas de metales preciosos, tanto en pasta como en moneda.
Su apogeo llegó en la primera mitad del siglo XVIII, pero a partir de 1730 comenzó su decadencia, dado que las cecas disponían de los fondos de maniobra necesarios para pagar las pastas en metálico, sin necesidad de intermediarios. La posterior creación de bancos de avío o de rescate, que daban créditos a los mineros con intereses muy bajos, hicieron innecesaria esta figura. Las reformas borbónicas crearon los Tribunales de Minería en 1776, los Bancos Mineros en 1784 y las Escuelas de Minería en 1792. 

Fuentes legales:

Recopilación de las Leyes de los Reinos de las Indias. Libro IV. Título XXI


Bibliografía:

CESPEDES DEL CASTILLO, G., "Las cecas indianas en 1536-1825" en  ANES Y ÁLVAREZ DE CASTRILLÓN, G., Y CÉSPEDES DEL CASTILLO, G., Las Casas de Moneda en los Reinos de Indias, Vol. I., Madrid, 1996.
ELHÚYAR, F. de, Indagaciones sobre la amonedación en Nueva España, sistema observado desde su establecimiento, su actual estado y productos, y auxilios que por este ramo puede prometerse la minería para su restauración, presentadas el 10 de agosto de 1814, Madrid, 1818.
DONOSO ANES, R., “Mercado y mercaderes de oro y plata de Sevilla en la segunda mitad del siglo XVI”, en BERNAL, A.M., (ed.), Dinero, moneda y crédito en la Monarquía Hispánica, Madrid, 2000.
GARCÍA MARTÍNEZ, B., “El sistema monetario de los últimos años del periodo novohispano”, Historia Mexicana, Vol. 17, nº 3, enero-marzo, 1968, pp. 349-360.
MURRAY, G., "Guía de las cantidades acuñadas en las cecas castellanas: I. Felipe II- plata y oro", NVMISMA,  nº 236, enero-diciembre 1995, pp. 203-239.
PÉREZ HERRERO, P., Comercio y Mercados en América Latina Colonial, Colección Realidades Americanas, Mapfre, Madrid, 1992.
RUIZ RIVERA, J., "Economía indiana", en RAMOS PÉREZ, D. (Coord.), América en el siglo XVIII. Los Primeros Borbones,  Historia General de España y América, Tomo XI-1, Madrid, 1983.
VÁZQUEZ PANDO, F.A., “Algunas observaciones sobre el derecho monetario de la Nueva España”, Memoria del X Congreso del Instituto Internacional de Historia del Derecho Indiano, 1995, pp. 1675-1706.

lunes, 8 de junio de 2020

Los Reales de Minas hispánicos y la frontera de la Gran Chichimeca en el siglo XVI

Publicado en Oroinformación, 8 de mayo de 2020


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En 1546 se encontró el yacimiento de Zacatecas en el norte del Virreinato de Nueva España, la Nueva Galicia, en el corazón mismo de la Gran Chichimeca. A diferencia de lo que sucedió en Potosí, donde el descubrimiento fue casual, el de Zacatecas fue resultado de una actividad de exploración e investigación por parte de un pequeño contingente de españoles e indios al mando de Juan de Tolosa. En los siguientes diez años se produjeron nuevas expediciones por parte de Diego Ibarra y Juan de Oñate, estableciendo nuevos Reales de Minas en San Martín, Sombrerete y Mazapil.

Como afirmaba Colmeiro, las minas casi siempre se descubrieron en montes tan agrios y ásperos que los hombres huyen de vivir en ellos, si la esperanza de lograr considerables riquezas no los determina a fijar en unos sitios tan solitarios y silvestres su morada. Su descubrimiento servía para poblar en pocos años los parajes más desérticos, y hacer lugar famoso lo que antes era infeliz aldea. Se desarrollaban las artes mecánicas, acudían los mercaderes, se animaba el cultivo, crecía el consumo, se levantaban casas y se formaba una villa o acaso una ciudad como por encanto.

Según Chaunu, las poblaciones mineras contribuyeron extraordinariamente al proceso de aculturación de los indios, al atraer a grandes cantidades de ellos como masa laboral, ofrecerles un poder adquisitivo relativamente alto como trabajadores asalariados y ser los únicos asentamientos españoles en regiones muy extensas, como en este caso del norte de Nueva España, el altiplano de Charcas, donde se ubica Potosí, o el norte de Chile.

La ruta que unía estas minas septentrionales con México, el Camino Real de la Tierra Adentro, se jalonó de presidios y de misiones, y a ella se trasladaron junto con los mineros procedentes del centro del virreinato agricultores, ganaderos y comerciantes. Este trazado permitió también la fundación y pacificación de los territorios de Nuevo México, Texas y California.

Este territorio se correspondía con la Gran Chichimeca, una amplia área que se corresponde con los actuales estados mexicanos de Jalisco, Aguascalientes, Zacatecas, Guanajuato, San Luis Potosí y Querétaro. Los españoles dieron ese nombre a todos los habitantes del centro y norte de la Nueva España, que se agrupaban en cuatro naciones principales: los pames, zacatecos, guachichiles y guamares. La mayor parte de ellos eran cazadores recolectores nómadas en una zona árida con escasas precipitaciones y clima variable dependiendo de la altitud.

A pesar de la pronta colonización del área, se tardó mucho tiempo en pacificarla. Los chichimecas atacaban a los españoles que cruzaban sus territorios y masacraban sus asentamientos. La pacificación se intentó tanto con las armas como con la evangelización, pero ninguna de las dos vías dio el resultado esperado. Finalmente, la solución fue el establecimiento de pueblos de españoles y de Repúblicas de Indios, trasladando a estas últimas numerosas familias tlaxcaltecas, mexicas y tarascos o poblándolas con propios chichimecas pacificados. Aun así, otros pueblos chichimecas abandonaron sus territorios y se desplazaron hacia el norte. En un primer momento se establecieron repartimientos entre las comunidades indígenas para trabajar las minas, muy criticados al violar la libertad de los indios, lo que dio lugar a un enconado debate jurídico y teológico.

En 1552, las tropas de don Nicolás de San Luis Montañez, indio noble de Jilotepec, derrotaron a los chichimecas jonáz del norte de Guanajuato, firmando tratado de paz entre los chichimecas y los otomíes, estos últimos representando al virrey de la Nueva España. El virrey Don Luis de Velasco decretó la fundación de San Luis de la Paz. Su población en un primer momento se dedicó a la extracción de mineral en Santa Brígida y Palmar de Vega. Los jesuitas les enseñaron la viticultura, que junto a la ganadería son hasta la fecha sus actividades económicas principales.

En los reales de Zacatecas y el Parral, el grueso de la mano de obra se componía de indios libres, como los chichimecas, adscritos voluntariamente al Parral y a los que se pagaba con mantas de fabricación local. Tras un largo conflicto que se dilató casi cuarenta años, se pusieron en producción reales de minas que ya habían sido descubiertos, pero que no pudieron ser beneficiados durante la guerra, como el de Sombrerete, Fresnillo o Charcas. Para su abastecimiento, se establecieron numerosas poblaciones con una gran producción agrícola y ganadera, como Silao, Celaya o San Felipe. También se levantó una línea de presidios para defender el Camino Real entre Querétaro y Zacatecas.

Los centros mineros, como Zacatecas y Guanajuato, pronto se convirtieron en hermosas ciudades y muy rápidamente en emporios comerciales que enlazaron todo un circuito comercial hacia la capital de la Nueva España. El auge de la producción minera se dio entre 1572 y 1580, al pasar de 216.000 a 1.400.000 pesos anuales, pues se beneficiaron minerales de bajo costo o alta ley, principalmente en vetas superficiales.

Cipolla estimaba que durante el siglo XVI se produjeron en las Indias españolas 16.000 toneladas de plata, en el siguiente 26.000 toneladas y durante el siglo XVIII más de 39.000 toneladas, una marea que inundó primero España y posteriormente un país tras otro, dotando a los mercados internacionales de una liquidez excepcional, lo que favoreció extraordinariamente el desarrollo del comercio intercontinental.

Bibliografía

BAKEWELL, P., "La minería en la Hispanoamérica colonial", en América Latina en la época colonial, Vol. II, Economía y Sociedad, Barcelona, 1990, pp. 131-173.
CARRILO CÁZARES, A., El debate sobre la guerra chichimeca, 1531-1585: derecho y política en la Nueva España, El Colegio de Michoacán, 2000.  
CHAUNU, P., Conquista y explotación de los nuevos mundos, Barcelona, 2ª ed., 1982.
CIPOLLA, C.M., La Odisea de la plata española. Conquistadores, piratas y mercaderes, Barcelona, 1996.
CISNEROS GUERRERO, G., “Cambios en la frontera chichimeca en la región centro-norte de la Nueva España durante el siglo XVI”, Investigaciones Geográficas Boletín 36, 1998, pp. 57-70.
COLMEIRO, M., Historia de la Economía Política en España, Tomo II, Madrid, 1863.
LÓPEZ MORALES, F.J.,El Camino Real de Tierra Adentro”, En El oro y la plata de las Indias en la época de los Austrias, Madrid, 1999.
SÁNCHEZ ÁLVAREZ, M., Los chichimecas y su integración en el Modernismo y Capitalismo, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, 2019.

miércoles, 20 de mayo de 2020

El descubrimiento y labor de las minas en la América Española por iniciativas privadas

Publicado en Oroinformación, 20 de mayo de 2020

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No hay ninguna duda de que la esperanza de encontrar metales preciosos fue una de las causas principales de la rápida penetración española en sus Indias Occidentales. Si bien las expediciones de descubrimiento y sumisión, en la terminología de la época, fueron llevadas a cabo por la iniciativa privada de las conocidas como huestes indianas, no es menos cierto que los monarcas remitieron precisas instrucciones a los virreyes, gobernadores y presidentes de los distintos territorios en los que se les exhortaba a primar el descubrimiento y puesta en producción de las minas de oro y plata, considerando que estos metales eran el nervio principal de sus reinos.

En un breve espacio de tiempo, los ingresos de la Corona pasaron a depender considerablemente de la actividad minera en el continente americano. Esta importancia se demuestra en el hecho de que, en el caso de la Nueva España, los principales núcleos de población surgieron a la vera de los grandes centros extractivos donde se localizaban los conocidos como Reales de Minas, y que las familias más prósperas de este virreinato debiesen su posición a estos metales preciosos.

Asimismo, la producción minera y el transporte de los metales preciosos vieron el nacimiento de importantes rutas de tráfico y caminos, y estimularon el establecimiento y crecimiento de núcleos de población, así como de actividades agrícolas y ganaderas para su abastecimiento, dinamizando con ello la economía tanto a nivel local como general.

Si bien en tiempos del Descubrimiento las teorías jurídicas vigentes defendían la regalía y dominio eminente de la Corona sobre las minas, ya en tiempo de Felipe II se legisló para arrendar o vender algunas minas de oro, plata o mercurio, al considerarse que no eran muy ricas en mineral. Con ello se pretendía obtener algún beneficio para la Real Hacienda, y las gestiones debían ser llevadas a cabo por los virreyes, dando noticia de ellas al Consejo de Indias.

La Corona no obstante tuvo especial cuidado en controlar la producción y la distribución del mercurio o azogue, con lo que al menos teóricamente podía fiscalizar y controlar toda la producción de plata, dado que las cifras del contrabando y evasión fiscal pudieron ser importantes. La Corona mantuvo a perpetuidad su propiedad, aunque concedió el usufructo de las mismas a sus descubridores durante treinta años. Asimismo, se prohibía el beneficio de los metales con otro azogue que el de la Corona y su comercio entre particulares, estando penada su contravención con la muere y confiscación de sus bienes.
Las leyes relativas a la minería de la Corona de Castilla fueron aplicables en las Indias, siempre que se considerase conveniente y no fuesen contrarias a lo legislado para cada Reino, pero también se dictaron Ordenanzas y Leyes particulares para estos territorios, de obligado cumplimiento.
“Los metales preciosos eran, como pone de manifiesto Martín Acosta, necesarios para que los monarcas de la Casa de Habsburgo financiaran su política imperial”. Por ello, rápidamente se legisló prometiendo a sus descubridores o a los del mercurio necesario para su beneficio premios, normalmente una cantidad de dinero, o incluso, como en el caso de una Pragmática de Carlos I de 1530, dicho premio debía pagarlo en sus dos tercios a Real Hacienda y el otro tercio los interesados en beneficiarla.

Ya en época del emperador se reconoció a los indios el derecho a descubrir y poseer minas, en igualdad con los españoles o mestizos, librándoles de la autoridad sobre ellos de los españoles o de sus propios caciques. En tiempos de Felipe IV y Carlos II se les concedió el derecho a la exención de impuestos para ellos y sus descendientes a perpetuidad, y en el caso de los indios peruanos, la exención de no entrar en los cupos de las mitas o trabajos obligatorios. Si los descubridores fueran sirvientes de alguien, debían necesariamente registrarlas a nombre de sus dueños.

La actividad minera tenía que hacer frente tanto a las necesidades de la producción a gran escala como a la de la formación de los trabajadores. La antigua minería prehispánica se convirtió en una industria, con la introducción de continuas mejoras técnicas, el uso del azogue y de nuevas herramientas. En cuanto a los trabajadores de esta industria, los hubo tanto libres como asalariados, y en los virreinatos meridionales sorteados por cupos, una figura prehispánica conocida como Mita, hasta el siglo XVIII.

Aun así, la necesidad de trabajadores en las minas de Potosí hizo que numerosos indios, que en un primer momento comenzaron a trabajar en los cupos de las mitas, siguieran trabajando libremente en las minas en sus descansos legales y después de la terminación de su prestación, conformando en el siglo XVII la mitad de la fuerza laboral de los trabajadores indígenas de las minas de Potosí.

La ley penalizaba la falta de laboreo de las minas descubiertas, y en tiempos de Felipe IV se estableció un plazo de cuatro meses para que, en caso de no realizarse actividades para su explotación, pasaran a considerarse desamparada o desierta, y cualquiera podía denunciar la situación ante la justicia ordinaria. Una vez hechas las diligencias oportunas en un nuevo cuadernillo de minas, la mina era adjudicada al denunciante. La misma norma ordenaba a los virreyes, presidentes y oidores de las Audiencias que no prorrogasen este plazo por motivo de mandamientos, recursos, o amparo.

Por Real Cédula de 1 de julio de 1776 se reconoció el Cuerpo de Minería de Nueva España, y seis meses después, a comienzos de 1777 se erigió el Real Tribunal de Minería, dependiente del Importante Cuerpo de Minería. Este Cuerpo publicó en 1783 en México sus “Ordenanzas de Minería”, las primeras desde el reinado de Felipe II, que fueron seguidas por las publicadas para el Perú en 1786.

Este nuevo marco tuvo un tribunal privativo, siendo la institución corporativa del gremio de las actividades mineras. La pertenencia al mismo era obligatoria para todos los empresarios, que debían sufragarlo con un 2% de su producción, era electivo y parte de los fondos debían servir para sufragar, además de los gastos del Tribunal propiamente dicho, la creación de una serie de Bancos de Avíos para facilitar créditos a la minería. Constaba asimismo de diputaciones provinciales, consideradas jurisdicciones aceptadas para resolver los problemas del sector.

Con la reducción de impuestos y el de los precios del azogue y la pólvora se elevaron las ganancias del sector, por lo que los mineros y las casas de comercio invirtieron en la construcción de tiros más profundos y de socavones de desagüe para beneficiar más vetas del mineral. Las crecientes ganancias fueron según Blanco y Romero Sotelo debidas a la conjunción de conjunciones fiscales y a una tecnología hábilmente adaptada a las circunstancias.

Bibliografía

 Recopilación de Leyes de los Reynos de las Indias, Madrid, 18 de Mayo de 1680. Libro IV. Título XIX, Del Descubrimiento y Labor de las Minas.
 BLANCO, M. y ROMERO SOTELO, M.E., “Fiscalidad y crecimiento. Avances y retrocesos de la política borbónica en la economía del siglo XVIII novohispano”, Análisis Económico, 2º semestre, 1999, vol. XIV, nº 30, Universidad Autónoma Metropolitana – Azcapotzalco, México D.F. pp. 187-214
ESCALONA AGÜERO, G., Gazophilacium regium perubicum…, Madrid, 1775.
GAVIRA MÁRQUEZ, M.C., “Disciplina laboral y códigos mineros en los Vireinatos del Río de la Plata y Nueva España a fines del periodo colonial”, Relaciones 102, primavera 2005, Vol. XXVI, pp. 201-232.
LAVALLÉ, B., “La América Continental (1763-1820)», en La América Española (1763-1898), Col. Historia de España 3er milenio, Madrid, 2002.
MARTÍN ACOSTA, Mª E., El dinero americano y la política del Imperio, Colección Realidades Americanas, Mapfre, Madrid, 1992.
MARTÍNEZ RIAZA, A., “Gobierno, sociedad y economía peruanas a fines del XVIII y comienzos del XIX: comentario de dos obras de John R. Fisher”, Quinto Centenario, Vol.1, 1981, pp. 169-173.
MUÑOZ, J., “La minería en México, Bosquejo histórico”, Quinto Centenario, nº 11, 1986, pp. 145-156.
SÁNCHEZ-ALBORNOZ, N., “Trabajo y minería en las Indias”, en BERNAL, A.M., (ed.), Dinero, moneda y crédito en la Monarquía Hispánica, Madrid, 2000, pp. 171-179.

sábado, 2 de mayo de 2020

Los pesos fuertes de Chiloé

Publicado en El Eco Filatélico y Numismático, mayo 2020
http://www.fesofi.es/wp-content/uploads/2020/05/EL-ECO-mayo-2020_ok-comprimido.pdf

Durante la Guerra de Independencia de Chile, los habitantes de Chiloé se mantuvieron fieles al monarca español, y participaron junto con la mayoría de las tribus araucanas del sur de Chile en la conocida como Guerra a Muerte contra los republicanos chilenos. Tras la batalla de Maipú, en 1818, la naciente República de Chile puso en marcha tres campañas, en 1820, 1824 y 1826 para conquistar la isla, frente a la defensa de su gobernador, don Antonio de Quintanilla y Santiago, hasta que finalmente por el Tratado de Tantauco de 18 de enero de 1826, el archipiélago fue anexionado a Chile.

A comienzos del siglo XVIII el dinero metálico era casi inexistente en Chiloé. Por ello las tablas de alerce servían de moneda de la tierra para el intercambio de las mercancías, tanto de salida de la isla como para las mercancías que llegaban, casi siempre provenientes  del Perú. Por ello, a la tabla de madera se le conocía como “moneda de madera”, y a su valor “peso de provincia” o “real de provincia”. El situado enviado desde Perú a comienzos de la centuria siguiente ascendía a unos cincuenta mil pesos.

Según Trivero, los jesuitas introdujeron en Chiloé durante el siglo XVIII unas pequeñas láminas de plata y de cobre, recortadas de forma triangular, con fines de moneda menuda. Para este autor, el dinero efectivo que llegaba al archipiélago, se gastaba rápidamente en las ferias de Lima y del Callao, siendo muy escasa la moneda que quedó en las islas bajo la forma de circulante monetario, aunque para el mismo Chiloé progresó más en 30 años de dependencia del Virrey limeño que en dos siglos de dependencia de la Capitanía General de Chile.

Trivero afirma que entre 1821 y 1822 Antonio de Quintanilla ordenó requisar toda la platería presente en el archipiélago, tanto en manos de particulares como de la Iglesia, recogiendo unos cincuenta kilos. Al parecer, sólo se fabricaron 1.800 piezas, dado que así consta en una carta del intendente de la Provincia de Chiloé, Juan Felipe Carvallo, al Ministro de Hacienda, Manuel Rengifo Cárdenas, con fecha 20 de diciembre de 1832.

Para Trivero, esta cantidad es totalmente irrelevante para una administración que demandaba para sus gastos administrativos corrientes 40.000 pesos. Por tanto, como afirma Jara, posiblemente se trate de una moneda propagandística, en la que se declararía la fidelidad al monarca situando el resello en el campo, sin sobreponerse al busto del rey. José Toribio Medina recogía asimismo que esta emisión era de por sí prueba manifiesta de la relativa independencia de la provincia que Quintanilla comandaba, y de su absoluta fidelidad al monarca español.

El día 20 de marzo de 1854 el brigadier don Saturnino García, que había prestado sus servicios en la isla, donó para el Gabinete Numismático de la Real Academia de la Historia en Madrid un peso fuerte que había sido fundido en esta isla. Como consta en la minuta de recepción del mismo firmada por Antonio Delgado, las autoridades, carentes de numerario, recogieron y fundieron plata de las iglesias y del Estado para utilizarla como moneda.

Dado que carecían de cuños y medios para troquelar moneda, encargaron a un platero llamado Palomino que hiciese moldes para la fundición de esta plata en moneda. Este sistema consiste en fabricar un molde de madera y comprimir arcilla a su alrededor hasta darle consistencia, cortándose posteriormente por la mitad. Dicho molde se rellena del metal fundido para obtener la moneda. Con este método, mucho más tosco que la acuñación por troquelado, la moneda obtenida queda porosa y difuminada. Una vez colada y extraída del molde se le realizó el cordoncillo al borde por medio de un cincel.
El platero utilizó para ello según Montaner moneda acuñada a nombre de los monarcas Carlos IV y Fernando VII en las cecas de Potosí y Lima. En alguna subasta ha aparecido en alguna ocasión incluso una pieza batida en México en 1908, lo cual es cuanto menos dudoso. Sin embargo, las verdaderamente fundidas parecen corresponder a dos moldes, siendo los reproducidos en este artículo. Trivero recoge que posiblemente habría también una emisión con un molde de Lima de 1818.

En el caso de este ejemplar entregado a la Academia se utilizó como molde un real de a ocho acuñado en la Casa de Moneda de Lima en 1819. En el Monetario de la Academia de Nacional de la Historia de Buenos Aires se conserva un ejemplar cuyo molde es una emisión de Potosí de 1822. Para evitar cualquier tipo de fraude y autorizar su circulación, se incluyó en estas monedas el nombre de la isla, a ambos lados del busto del soberano, en dos anagramas, CHI y LOE, realizados por buriladura, dentro de sendos rectángulos a ambos lados del busto del soberano.

El peso de esta moneda, al menos en los ejemplares conservados, es inferior al legalmente establecido, a pesar de que se ordenó que se fundiesen con el mismo peso y ley que la moneda circulante de la época. Esto es así por el propio sistema de fundición, que lleva a que las piezas irremediablemente pierdan parte de su peso y tamaño, siendo el primero de entre 25 y 27 gramos en lugar de 26,8-27,2.

Se acompaña a este artículo la reproducción de tres ejemplares. El primero está fechado en 1819 y tiene la marca de ceca de Lima, siendo por tanto posiblemente de la misma fundición que el entregado a la Academia por don Saturnino García. Para los otros dos se utilizó como molde un real de a ocho de la ceca de Potosí de 1822. Lo exiguo de la emisión y el hecho de que, como luego veremos, se acabasen retirando de la circulación, hacen esta moneda muy escasa y difícil de encontrar.

Esta moneda fundida circuló en Chiloé hasta 1833, y se estima que algunos de los ejemplares conservados podrían ser falsos de época. Entre 1826 y 1832 se fabricaron numerosas piezas falsas, siempre coladas, que se distinguían de las buenas por su menor fineza y, en ocasiones, por ser más burdas. En cuanto a los falsarios, para los cuales se había decretado la pena capital, se encontró solamente a uno.

Según Jara, las noticias que recibió el intendente Carballo, fechadas el 10 de diciembre de 1832, del juez Santiago O´Brien, de San Carlos de Chiloé, tras localizar a un falsario, el mismo declaró que había hecho unos 200 ejemplares aunque el propio juez señalaba que probablemente hubiera sido mayor la cantidad en vista de lo que circulaba. Por esta razón, el 11 del mismo mes el intendente decretó que se prohibía la circulación de esta moneda, concediendo un plazo de 48 horas para validar y cambiar las originales. Consta que se recogieron 509 piezas originales y 334 falsas, que se destruyeron.

Por ello, Trivero afirma que casi con seguridad todas las piezas buriladas son falsas, realizados para engañar a los numerosos coleccionistas. La probabilidad de dar con una pieza buriladas de las que se emplearon en tiempos de Quintanilla para hacer los moldes es a su entender mínima, y la única que pudiera corresponder a eso es el ejemplar de la Academia Nacional de la Historia.

Bibliografía:

Informe sobre el peso fuerte de 1819 con marca de Chiloé, donado por el brigadier Saturnino García en el que explica que las tropas reales al ser expulsadas de Chile se refugiaron en la Isla de Chiloé, donde por falta de numerario acuñaron con la plata de Iglesias y del Estado, con los cuños de un peso fuerte de Fernando VII en Lima, 1819, pero con el resello de Chiloé. http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmc5m7w6.
Çaglević Baković, L., Incorporación de Chiloé al territorio de la República de Chile en el año 1826 y la participación del general O`Higgins https://www.institutoohigginiano.cl/images/PDF/Incorporacion-de-Chiloe-a-Chile.pdf
Jara, C., y Luedeking, A., The Chiloé peso: an important obsidional coin of Chile, Santiago de Chile, 2003.
Montaner Amorós, J, Los resellos. Las monedas españolas reselladas en el mundo, Expo-Galería, 1999.
Oliveira Cedar, E. de, Catálogo del Monetario de la Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, 1997.
Trivero Rivera,  A., Las monedas de Chiloé entre Colonia y República, http://antvwala.blogspot.com/2010/09/las-monedas-de-chiloe-en-tiempos-de-la.html

viernes, 17 de abril de 2020

Un columnario madrileño de 1729 conservado en el Museo de la Casa de Moneda de México

Publicado en Oroinformación, 17 de abril de 2020
https://oroinformacion.com/un-columnario-madrileno-de-1729-conservado-en-el-museo-de-la-casa-de-moneda-de-mexico/

En el Museo de la Casa de Moneda de México se conserva este magnífico ejemplar de un columnario de mundos y mares de 1729, con marca de ceca de Madrid, una M coronada, pero que carece tanto de marca de valor como de sigla de ensayador.  Por su peso se corresponde con una pieza de ocho reales o peso. Durante muchos años se han producido muchos debates sobre su autenticidad, por falta de documentación que explicara su existencia, pero debemos a don Jorge A. Proctor un exhaustivo estudio sobre la misma que muestra el porqué de su labra.

En la Pragmática de 9 de junio  de 1728 se establecía expresamente que las muestras se enviarían ejecutadas en cobre, lo que producía dudas a muchos investigadores, a pesar de la magnífica labra de este ejemplar. En su diseño, que coincide con esta bella moneda, se utilizó el tipo de dos hemisferios adosados bajo una corona, situados entre las columnas de Hércules, Abila y Calpe, asimismo coronadas, con rótulos en los que encontramos las inscripciones PLUS (izquierda) e VLTRA (derecha), todo ello sobre ondas de mar. Alrededor de estos motivos aparece la leyenda VTRAQUE VNUM (de ambos hizo uno, Carta de San Pablo a los Efesios, 2, 14), la fecha de acuñación y las marcas de ceca.  Los tipos de las columnas de Hércules sobre ondas del mar y la leyenda PLUS VLTRA ya se habían usado en los Reinos de las Indias desde la época de Carlos V.

El diseño estaba aprobado ya el 8 de septiembre de ese año, dado que se cita en un Decreto fechado ese día. Sabemos que en fecha 26 de octubre de 1728 don Diego de la Casa, el Jefe de Talladores de la Casa de Moneda de Segovia, recibió el encargo de diseñar una nueva moneda para sustituir al circulante acuñado hasta entonces en las cecas de los Reinos de las Indias, de acuerdo con lo prevenido en la Pragmática de 9 de junio de ese mismo año.

Un año después, en 1729, el modelo definitivo fue realizado por el tallador salmantino Francisco Fernández Escudero. El 19 de agosto el Marqués de Feria confirmó haber recibido la solicitud de las muestras, y el 22 de agosto hizo saber que el tallador Diego de Sosa estaba terminando los cuyos de las piezas de a ocho, dos y los medios reales, dejando la de cuatro para la semana siguiente, y preguntaba si las muestras debían remitirlas en cobre o en plata.

En la respuesta de 24 de agosto, se recoge que las que debieran presentarse al monarca debían según la Junta se realizadas en plata, mientras que las posteriormente se habrían de remitir a las respectivas Casas de Moneda bastaba que fuesen acuñadas en cobre. En fecha 6 de octubre se entregaron dos muestras de todas las piezas del sistema monetario, desde los ocho reales a los medios, pasando por los cuatro, dos y sencillos, sin marcas de ensayador ni de valor. Como afirma Proctor, puede colegirse que uno de estos juegos fue entregado a don Nicolás Peinado Valenzuela, el nuevo director de la Casa de Moneda de México, que se dirigió a su nuevo destino junto a su teniente Alonso García Cortés y al tallador Francisco Monllor.

Para este autor, aunque se ha afirmado que las muestras fueron enviadas al virrey Marqués de Casafuerte, en la Ciudad de México, ello no tiene sentido, dado que las muestras eran enviadas para uso interno de las cecas, es decir que era la norma ser enviadas a sus directores, para ser entregadas posteriormente a los talladores. En el registro de manifiesto rendido de los barcos donde se enviaron las nuevas maquinarias y herramientas en 1730 para la mecanización de la ceca no aparecen estas muestras declaradas oficialmente.

Proctor cita asimismo un escrito del Juez Superintendente de la ceca, José Fernández Veitia Linage de fecha 18 de septiembre de 1732, en el que da cuenta de la recepción de las matrices de punzonería, orlas, letras y gráfilas, así como las monedas efectuadas en plata, en cumplimiento de la Instrucción dada para el gobierno y dirección de las Reales Casas de Moneda de 1728.


La primera ceca en adoptar la nueva tipología fue la de México, que lo mantuvo de 1732 a 1772. La producción comenzó en la Ciudad de México el 29 de marzo de 1732, en presencia del virrey, el superintendente de la ceca, José Fernández de Veitia y Linage, el jefe de talladores, Francisco Monllor, y muchos otros dignatarios y técnicos. Una fecha alternativa para el comienzo de la emisión de los columnarios en Méjico se ha dado en el 25 de febrero de 1732, cuando se produjeron unas cuantas piezas, posiblemente muestras enviadas a España, sin marcas de ceca ni de valor.

Estas monedas, realizadas con la técnica de cilindros, incluían en el canto de las monedas un cordoncillo, para evitar su cercén. Se batieron piezas de a 8, de a 4, de a 2, conocidos sucesivamente como peso, tostón y peseta, reales simples y medios reales. Estos tipos cohabitaron con los antiguos, de escudo grande en anverso y escudo cuartelado en reverso, que se batieron simultáneamente hasta 1734.

Otra moneda de las mismas características, sin marca de valor ni de ensayador, es la onza madrileña de 1729 que se acompaña a este artículo, también si marca de valor ni sigla de ensayador, procedente de la subasta 260 de Áureo & Calicó, Lote 701, celebrada el 27-28 de mayo de 2014.  La misma se corresponde con el nuevo tipo que en  1728 se ordenó a la ceca de México, como a las de Sevilla y Madrid en la Península, que se utilizase para las monedas de oro. Estos tipos consistían en busto a derecha cubierto con peluca en anverso y leyenda PHILIP V D G HISP ET IND REX y fecha, y en el reverso escudo grande rodeado de toisón y leyenda INITIVM SAPIENTIAE TIMOR DOMINI y marca de ceca.

Estas monedas comenzaron a acuñarse en México en 1732, como los reales columnarios antes estudiados. Cabe preguntarse si en el caso de esta muestra sucedió algo similar a lo estudiado por Proctor para el peso columnario de mundos y mares que se encuentra en la Casa de la Moneda de México. Si  igualmente uno de los juegos de muestras que fueron presentados al monarca ese año, fue llevado a México posteriormente por el citado Nicolás Peinado. Parece una bonita línea de investigación.  

Para saber más:


Archivo General de Indias (AGI): México, 749.


Mi más sincero agradecimiento a Jesús Losada Prieto, por darme a conocer esta preciosa moneda

jueves, 2 de abril de 2020

Estabilización y reordenamiento del sistema monetario español en la primera mitad del siglo XVIII

Publicado en Revista Aequitas nº15 2020, pp. 209-205


https://revistaaequitas.files.wordpress.com/2020/03/revista-aequitas-abril.pdf

Resumen: La evolución monetaria española durante el siglo XVIII viene marcada por la continuidad de muchas prácticas anteriores, debida a la recepción de importantes remesas de plata indiana que siguieron llegando, con mayor o menor asiduidad, durante toda la centuria. Será a principios del siglo siguiente, con la independencia de las nuevas repúblicas iberoamericanas, cuando se pierda la que había sido la principal fuente de ingresos del sistema financiero y del propio Estado durante los últimos tres siglos, lo que supuso una mutación sustancial en la evolución monetaria española.

Palabras clave: Moneda, Numismática, Política Monetaria, Siglo de las Luces.

Abstract: The Spanish monetary evolution during the eighteenth century is marked by the continuation of many previous practices, due to the reception of important remittances of American silver that continued to arrive, more or less assiduously, throughout the century. It will be at the beginning of the next century, with the independence of the new Ibero-American republics, with the loss of the main source of income of the financial system and of the State itself during the last three centuries, which supposed a mutation in the Spanish monetary system.

Key words: Currency, Numismatics, Monetary Policy, Enlightenment.

martes, 31 de marzo de 2020

El uso del platino en las más bellas obras de orfebrería prehispánica

Publicado en Oroinformación, 31 de marzo de 2020

https://oroinformacion.com/el-uso-del-platino-en-las-mas-bellas-obras-de-orfebreria-prehispanica-de-la-cultura-de-la-tolita-tumaco/


Si bien el conocimiento del platino como metal noble se relaciona actualmente con don Antonio de Ulloa a mediados del siglo XVIII, los pueblos prehispánicos de la cultura de La Tolita-Tumaco, en el área pacífica de los actuales países de Colombia y Ecuador, en las áreas del Chocó-Nariño y de Esmeraldas, utilizaron este metal para algunas de las más bellas obras de orfebrería de ella conservadas.

Los orígenes de esta cultura se vinculan con elementos provenientes de culturas de Mesoamérica, aunque también hunde sus raíces en culturas locales, especialmente la de Chorrera. Durante su desarrollo mantuvo contactos con culturas como Jama-Coaque, Bahía y otras de los actuales Ecuador y Colombia. La Tolita participó según algunos estudiosos activamente en la difusión de la metalurgia y técnicas de orfebrería hacia Centroamérica.

Los dos yacimientos más importantes de esta cultura, y que le dan nombre, son La Tolita, en la isla de la Tola, en la desembocadura del río Santiago, en el actual Ecuador, y en Tumaco, en los alrededores del río Mira, en la actual Colombia. Su cronología es bastante amplia, dado que abarca desde el año 700 a.C. al 90 d.C., con dos etapas: una Temprana, entre el 700 y el 200 a.C., y otra Clásica, entre esta fecha y el 90 d.C. La orfebrería comenzó a desarrollarse a finales de la primera época, y es en la época clásica cuando se encuentran sus rasgos culturales más importantes. Los primeros trabajos metalúrgicos se remontan al 400 a.C.

Esta cultura indígena consiguió, antes de la llegada de los españoles, aislar y utilizar el platino más o menos puro, o aleado con oro argentífero. Según Paul Bergsöe, el platino se obtenía mezclando pequeñas partículas de su mena en el oro fundido, mediante calentamiento y martilleo alternativos. Según Girolamo Benzoni, en su obra “Historia del Nuevo Mundo” publicada en Venecia en 1565, los orfebres indígenas del actual Ecuador hacían objetos maravillosos sin conocer ningún instrumento de hierro. El oro era trabajado en frío, en caliente o fundiéndolo en crisoles de cerámica, obteniendo la temperatura para ello soplando tubos de madera o cañas.

Una parte importante de la producción parece haberse dedicado a los enterramientos suntuosos. En esta área son abundantes estos enterramientos, que en la mayoría de los casos tienen ricos ajuares funerarios compuestos de adornos corporales de cuarzo, obsidiana y hueso, cerámica y excelentes piezas de orfebrería de oro y platino. Los hallazgos muestran cómo los orfebres destacaron del resto de los artesanos por su elaboración de gran cantidad de piezas de uso funerario y ritual.

El desarrollo técnico alcanzado permitió combinar diversos materiales, aleando varios metales como en el caso de la tumbaga, con oro y cobre, o el bronce arsénico, con cobre y arsénico. La mayor parte de las piezas de orfebrería conservadas fueron realizadas martilleando láminas de metal, pero también hay otras labradas con otros métodos sencillos, como el laminado, el pulido y bruñido, la soldadura o el repujado. También hay ejemplos de técnicas más complejas, como la cera perdida, la filigrana o el vaciado en moldes.

La mayoría de las piezas están relacionadas con la ornamentación personal. Entre ellos se encuentran narigueras, clavos faciales, orejeras, pendientes, collares, anillos, pezoneras, gargantillas, fundas dentales, brazaletes, pectorales, diademas o penachos. Para el uso ritual y para ser enterrados como ajuares de uso funerario se encuentran las máscaras, los cuencos, los cascabeles y las figuras antropológicas y zoomorfas.

Entre esta producción, las piezas maestras de orfebrería en platino encontradas se localizan en el yacimiento de la isla de La Tola, mientras que en Tumaco los objetos de platino encontrados son piezas pequeñas, principalmente orejeras y narigueras. Entre las piezas más importantes se encuentran las máscaras funerarias, naturalistas y normalmente de tamaño natural. En ellas se combinan habitualmente el oro y el platino, utilizándose este último metal para los ojos y algunos adornos complementarios. Las máscaras que representan a seres humanos muestran individuos de rostro amplio, ojos almendrados, labios finos, nariz ancha y un tocado que sugiere una deformación craneana, atribuida a un atributo de rango social. En ella se encuentran o se sabe que había elementos articulados y móviles unidos con grapas o alambres.

Para saber más:

Benzoni, G., La Historia del Mondo Nuovo, (Relatos de su viaje por el Ecuador, 1547-1550), Edición de Carlos Radicati di Primeglio, Guayaquil, 1985.
Bergsöe, P., The metallurgy and the technology of gold and platinum among the Pre-Columbian Indians, Copenhague, 1937.
Mejías Álvarez, Mª.J., “Algunas consideraciones sobre la orfebrería del platino en la América Prehispánica a través de la cultura La Tolita-Tumaco”, Laboratorio de Arte 10, 1997, pp. 47-61.
Scott, D.A., “The la Tolita-Tumaco Culture: Master Metalsmiths in Gold and Platinum”, Latin American Antiquity Vol. 22, No. 1 (March 2011), pp. 65-95.